Tomando requisitos
Una de las tareas más tediosas que tengo que hacer a diario en mi trabajo es averiguar qué quiere el cliente (a esto se le llama en informática toma de requisitos).
En principio debería ser fácil. Algo así como preguntarle qué quiere y que te responda de una forma que deje claro qué es lo que quiere. No hablemos ya de “detalles” tan nimios como en qué tecnología lo quiere, quién lo va a usar, cuantas personas, para cuando lo quieren…
En los 9 años que llevo trabajando como informático ni una sola de las veces el cliente tenía claro qué quería. No es que tuviera una idea aproximada y no tuviera muy claro el resultado final, cosa que sería normal ya que la mayoría de mis usuarios no son informáticos. El hecho es que muchas veces hemos empezado el proyecto haciendo una cosa y lo hemos terminado haciendo otra completamente diferente.
El otro día me pidieron una aplicación, concretamente un formulario para que la gente se inscriba a un curso. Por supuesto era urgente: si tienes tres meses para repartir una tarea lo mejor es esperar a la última semana del último mes para dárselo a quien tiene que realizarla.
Cuando lo tengo terminado lo entrego. Y llegan las pegas… que si esto mejor no, que si añadimos estos campos que total son sólo dos campos y no te va a costar nada (para muchos usuarios entre una bicicleta y un coche sólo hay unas “pequeñas” diferencias y convertir una en otro no te va a costar nada), que si ahora que la aplicación me mande un correo, luego que mande copias a medio ministerio, luego que mejor base de datos no porque no cumple la LOPD…
Y el resultado final, claro, tiene poco que ver con lo que me dijeron en un principio que hiciera.
Aunque para casos absurdos el que tengo la semana que viene: resulta que el año pasado hicimos un proyecto pequeño, lo probamos y lo entregamos. Nueve meses después deciden que quieren probarlo ellos para empezar a usarlo. Les monto un pequeño entorno donde puedan probarlo y lo envío. Pasan los días y no dicen nada. “Estarán entretenidos probando” pensamos nosotros. Luego nos llega el correo: “No hemos conseguido recordar en qué consistía el proyecto y necesitamos una reunión para que nos recordéis qué queríamos“.
Creo que mi carcajada se oyó en todo el edificio.
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